5 razones para luchar por la Unión Civil y la famosa ‘agenda gay’

Las luchas de los movimientos de trans, gays, lesbianas y bisexuales no constituyen una única agenda, aunque los grupos conservadores siempre hablen de la famosa “agenda gay”, en la realidad, dado que se trata de un movimiento político por definición diverso, las personas y colectivos en sus acciones cotidianas priorizan ciertas luchas en desmedro de otras. Cada apuesta política tiene límites de enfoque, de posición, de fuerzas y de tiempo, solo nos queda aceptarlo y ser transparentes con respecto a ese punto. Por supuesto que, ante esto, surge la disputa política: cada actor político desea que más personas y más colectivos se plieguen a su agenda, cada actor político busca la hegemonía del movimiento. Y en un movimiento, está excelente la disputa política, pues así se fortalecen y actualizan las apuestas, lo único de lo que hay que ser conscientes es de qué mecanismos nos valemos para esto y qué ideas realmente estamos posicionando. Los movimientos políticos no son campos de rosas y unicornios, ni deben pretender serlo. Creo que esa sería una forma muy peligrosa de engañarnos a nosotros mismos y engañar a los otros. Los movimientos son solo escenarios en los que actores con determinados intereses hacen política, a lo mucho, formas más honestas y transparentes de hacer política.

Una de las agendas del movimiento LGTB que es muy suceptible de disputa debido a que suele ser una agenda central de los movimientos LGTB en distintos países es la del matrimonio igualitario. En Perú, esa agenda por ahora tiene forma de Unión Civil. Hay quienes se movilizan por ello, hay quienes son indiferentes, y hay quienes la pueden señalar como una demanda poco legítima que no debería ser tan central en el movimiento.

Personalmente, considero que la Unión Civil, en tanto es parte del camino a buscar la igualdad ante el Estado, es una demanda legítima y necesaria, cuyo avance en la sociedad implica menores niveles de discriminación a personas LGTB, lo cual me parece un logro suficientemente grande como para luchar por ello. Aplica lo mismo para el Matrimonio Igualitario.

Otros actores políticos no comparten esa percepción, y se critica a la Unión Civil / Matrimonio Igualitario por i) ser una agenda que nace desde las clases medias que ii) están buscando legitimar la estructura patriarcal del matrimonio monogámico que históricamente ha sido adverso para las mujeres, pues iii) su principal preocupación es que se les permita asegurar sus patrimonios y derechos de los cuales ya gozan, a diferencia de iv) las clases populares que lo que realmente necesitan es derecho a la salud, la educación, la vivienda, etc; o, peor aún, v) el derecho a la identidad en el caso de las personas trans.

La crítica, esencialmente, apunta al factor de clase, pero lo que me parece interesante es analizar los mecanismos de dicha argumentación para entender el enfoque de fondo de esta, así como su propuesta.

En primer lugar, se parte de asumir que las “clases medias LGTB”, en una extensión de su falta de conciencia de clase, son incapaces de proponer transformaciones reales en la sociedad. Ciertamente la posición de clase influye en nuestra forma de ver la vida, pero ni Harvey Milk, ni el Che ni Marx fueron gente de clases populares y no se puede negar que sus apuestas fueron radicalmente transformadoras. Y es que la clase social no es el único factor que influye, mucho menos en un contexto tan patriarcal, homofóbico y racista como el nuestro.

En segundo lugar, se plantea que la reforma de una institución históricamente patriarcal significa no su transformación a favor de la justicia sino una insignificante modificación a dicha institución condenada a ser eternamente patriarcal. Con este argumento, deberíamos oponernos a cualquier reforma legal e incluso constitucional pues, en el fondo, se trata de mecanismos para legitimar una institución históricamente patriarcal como lo es el Estado.

En tercer lugar, se asume que solo las personas de clases medias o medias altas gozan de un patrimonio, de intereses económicos o incluso de proyectos de vida que les interesaría salvaguardar mediante el Matrimonio o Unión Civil. Ante esto, puedo decir que mis abuelos, personas a las que de ninguna manera se les podría catalogar como de clase media (ni siquiera tenían la Educación Básica terminada), lograron construir una casa en que se convirtió luego en el hogar de sus hijos y hasta nietos. Sin ese patrimonio protegido, la supervivencia de la familia habría corrido peligro; sin la mínima seguridad social que ofrece el trabajo formal mínimamente remunerado, ninguno de mis tíos hubiera podido acceder a salud.

Creo que es necesario mirar el asunto con un poco más de realismo: las personas, a pesar de la pobreza y de las carencias, habitan viviendas (propias, invadidas o alquiladas), trabajan (en pésimas condiciones, la mayoría de veces en la informalidad), tienen familia (desde el concepto de familia que tengan), tienen hijos (sí, las personas LTGB también, y no solo mediante reproducción asistida). Al casarse, las personas no solo buscan proteger sus bienes, pues muchas veces la gente se casa o inicia convivencia sin tener aún nada, pero sí aspirando a construir un proyecto de vida con otra persona, lo que implica bienes pero también derechos y protección. Las leyes que regulan a la familia (y sus implicancias materiales) afectan no solo a las parejas homosexuales que se pudren en propiedades, afectan también y sobre todo a las familias que luchan por la subsistencia, en las que el proteger lo poco que se tiene, empezando por la dignidad, es absolutamente necesario.

En cuarto lugar, se sostiene que lo que las clases populares (llámese también las personas LGTB “más marginales”) realmente necesitan son derechos más básicos como vivienda, educación o salud. Y efectivamente creo que en este país las carencias en materia de seguridad social son enormes, mucho más para personas que, debido a la discriminación y al medio hostil, la tienen más complicada, desde enfrentarse a la violencia en la escuela como al desamparo en que tu propia familia te puede dejar. Sin embargo, creo que en este punto de la argumentación se está realizando un ejercicio de adjudicación de la voz e intereses de un otro más oprimido que uno por el cual uno tiene que luchar.

 

Dudo mucho que las personas, cuyos derechos básicos les son doble o triplemente vulnerados debido al odio y la discriminación, no estén de acuerdo con las transformaciones a nivel legal y de imaginario colectivo que está generando todo el debate en torno a la Unión Civil. Sin embargo, lo que hay que entender es que francamente no importa lo que yo pueda especular sobre lo que otros piensen o quieran, pues mi acción política no debería estar orientada a representar lo que otros puedan necesitar o querer, mi acción política tiene sentido en tanto lucho por lo que considero justo, que es distinto. A lo primero se le llama tutelaje, que es pretender ser la voz de aquellos que se asume no tienen voz; lo segundo es convicción, e implica luchar por los ideales que una considera justos y hacerse responsable de ellos para bien o para mal.

Lo inquietante de todo esto es, finalmente, ¿qué pasa con aquellos que por alguna razón u otra no tienen voz? ¿Qué clase de relacionamiento político se quiere tener con la idea de “ellos”? Lo que pasa por respondernos primero, ¿en qué posición estamos asumiendo que estamos? Y aquí me da la sensación de que partimos de considerar que los actores políticos del movimiento LGTB son relativamente homogéneos en privilegios, idea que no solo no es cierta sino que plantea el riesgo de plantearnos como seres absolutamente distantes y distintos de “los otros marginales”, lo cual resulta hasta insultante para quienes hemos vivido ciertas marginalidades en la propia carne y en la carne de los nuestros. ¿Cómo se constituye esa clase de “otros marginales”? ¿Por qué la necesidad de traerlos al debate en tanto razón de ser de la lucha? ¿No hay cierta necesidad de justificar los propios privilegios a partir de la lucha por los otros no-privilegiados (algo así como la opción por el pobre de la teología de la liberación)? Son preguntas que no está de más hacerse cuando la discusión discurre por estos caminos.

En quinto lugar, se plantea también que demandas como la Unión Civil o el Matrimonio Igualitario son agendas que no benefician a la comunidad más violentada que es la comunidad trans. En efecto, la demanda por la ley de reconocimiento de la identidad de género de las personas es absolutamente necesaria, y sería ideal que haya más fuerza detrás de esa demanda. Sin embargo, no podemos partir de asumir que porque una colectividad decide asumir una lucha principal está dándole la espalda a todas las demás, porque al menos en el caso del colectivo Unión Civil, eso no es cierto. Además, nuevamente creo que se plantean las necesidades de “otros” (no quiero pensar que los y las trans sean “otros”, pero lamentablemente así suelen aparecer en el debate entre activistas) como algo que “uno” está en la obligación de representar; lo cual espero que nunca pase, lo que espero es que cuando un colectivo levante como agenda principal el tema de la identidad y emprenda una lucha tan persistente y dura como lo ha hecho Unión Civil, todas las demás estemos allí para apoyar y fortalecer esa lucha.

Finalmente, quiero volver a la idea inicialmente planteada de que está bastante bien discutir las diferencias cuando lo creamos necesario, así como no desgastarse volviendo a puntos muertos cuando lo consideremos innecesario porque probablemente no se están disputando ideas sino egos. Los colectivos son actores políticos, y no tienen que estar de acuerdo en todo, podrán a lo mucho articular para estrategias o acciones concretas; pero tampoco son enemigos, a pesar de que en determinados contextos los intereses opuestos hagan parecer que es así. Podemos aspirar a la transparencia política, a que nuestras acciones y estrategias sean efectivas, a que nuestros espacios cumplan con los mínimos de democracia que queremos forjar, a estar alertas siempre de discernir si es que luchamos realmente por ideales o por redimirnos de culpas o de sentido vital. Mientras eso suceda, definitivamente estaremos avanzando.

Por Lucero Cuba 

Feminista, lesbiana, socióloga, ciclista.

Matrimonio Igualitario